Para junio de
1972 los 54 compañeros que integrábamos el grupo de la Unidad de
Metodología III de la carrera de Sociología, de la Universidad
Central de Venezuela, requeríamos realizar una investigación a fin
de poder optar más adelante al titulo correspondiente.
Para aquel entonces, existía un organismo del Estado, llamado
"Comisión para el Desarrollo del Sur" (CODESUR), la cual a su vez,
necesitaba realizar unos trabajos en el Amazonas en torno a la
situación socio-económica y las características de la región con
respecto al resto del país. Por nuestra parte necesitábamos
financiamiento y todo una gran logística que nos permitiera pasar un
periodo de un mes en la zona.
El coordinador de la unidad trabajaba también en este organismo así
es que gestionó ambas necesidades.
CODESUR cubriría los costos de traslado y alimentos y evitaría el
pago al personal necesario que tendría que realizar la investigación
y nosotros haríamos gratis el trabajo pero contaríamos con todos los
recursos necesarios.
La logística implicaba la salida de dos grupos por vía área en días
diferentes pero en forma directa hasta la zona. El grupo al cual me
asignaron saldría por tierra hasta la capital del Estado Apure (uno
de los estados llaneros) donde pernoctaríamos durante dos o tres
días mientras los dos aviones disponibles para nosotros trasladaba a
los otros grupos.
Todo estaba listo para la salida del grupo a la mágica tierra del
Territorio Federal Amazonas, hoy Estado Amazonas.
Éramos en total 54 estudiantes y unos 6 coordinadores. Estaríamos
repartidos en grupos de 10 y 15 entre los cuatro departamentos:
Manapiare, Atabapo, San Carlos de Río Negro y Maroa. Esta última era
mi destino.
El 17 de Julio de 1972 partimos en autobús hacia San Fernando de
Apure. Después de muchas horas de camino y de la incomodidad de un
viaje tan largo en un viejo autobús llegamos muertos de cansancio
dispuestos a dormir plácidamente.
Al día siguiente, fuimos al aeropuerto a saludar al primer grupo que
había salido de Caracas y que que por razones de combustible hacían
una parada. Este grupo estaba asignado a la comunidad de San Carlos
de Río Negro pero llegarían directo hasta Maroa. Desde aquí
navegarían en bongos hasta su destino unas tres o cuatros horas.
Debo comentarles que mi papá estaba en este grupo. Nuestra familia es
dominicana y tenemos aquí unos 50 años. Papá investigó mucho sobre
la vida de Juan Pablo Duarte, uno de los independentistas
dominicanas y sabía que él había pasado nueve años de su vida en San
Carlos de Río Negro, por eso se unió al grupo para recabar
información sobre la vida de este prócer en la zona.
Al principio yo estaba preocupada, pues pensé que sería molesto para
el resto de los compañeros tener a una persona mayor entre ellos.
Pero por todo lo que tuvieron que pasar, le dieron las gracias pues
se sentían protegidos por él. Luego explico por qué.
Al día siguiente nos tocaba a nosotros volar hasta Maroa pero cuando
llegamos al aeropuerto nos llevamos una gran sorpresa.
El avión que nos llevaría había sido objeto de un robo. Se habían
robado el combustible y no había posibilidad de solventar esta
situación. Casualmente se encontraba en la pista un avión militar
"Hércules" (Barrigones como los llamamos comúnmente) con una carga
que debía dejar precisamente en Maroa. Ante esta posibilidad no
vacilamos y aprovechamos "el aventón".
Después de varias horas de vuelo y disfrutar desde las alturas la
serpentina que graciosamente formaba el río Orinoco rodeado de tanto
verdor y espesura, aterrizamos en un terraplén clasificado como
pista tipo "B" y ubicada a 2.5 kilómetros del pueblo y como única
infraestructura un "canei" (un techo de paja sostenido por cuatro
maderos.) . Allí nos resguardamos de la inclemencia del sol mientras
sacaban el equipaje compuesto de morrales, grandes cajas de
alimentos, las hamacas donde dormiríamos y el material de trabajo.
En varios vehículos rústicos llegamos al pueblo de Maroa. Pocas
viviendas, no mas de 10 calles, una escuela, la iglesia, la
prefectura y la tradicional Plaza Bolívar en la cual paseaba
tranquila una de las vacas del pueblo.
Los muchachos se alojarían en la escuela y nosotras en una casita de
CODESUR tipo palafito (con las bases dentro del agua) al borde del
río y frente al pequeño puerto.
A penas llegamos al pueblo nos recibió uno de los grupos que habían
salido con anterioridad pero no pude encontrar a papá. Cuando
preguntamos por el grupo de San Carlos, quienes debían esta allí
desde hacía dos días, aun no había llegado y nadie sabía nada de
ellos. Que angustia!!. Pensé lo peor. Se trató de hacer los
contactos necesarios para conocer el destino del avión pero nada se
supo. Esa noche casi no dormimos.
Al día
siguiente, sin mucho ánimo empezamos a organizarnos. Se conformaron
los diferentes equipos de trabajo y se repartió el material. Se hizo
una pequeña zonificación y se repartieron las viviendas a cada
equipo para pasarle la encuesta que recabaría toda la información
necesaria. Pero la angustia no nos abandonaba. Mientras estábamos en
la casita no dejábamos de observar el río. Teníamos la esperanza de
que trajera a papá y al resto de los compañeros en la misma forma en
que traía a los pescadores cada tarde.
Casi anochecía cundo sentimos el ruido de unos motores que se se
acercaban. Al asomarnos vimos dos bongos (tipo de canoa que se
utiliza en esta zona) que atracaban en el puerto y la algarabía de
quienes venían en ellos. Entre gritos de alegría salimos a
recibirlos. Allí estaban todos sanos y salvos incluyendo a papá.
Luego de miles de besos y abrazos nos contaron lo sucedido.
Cuenta papá que después de salir de San Fernando y luego de varias
horas de vuelo, le pareció extraño que no hubiesen llegado a su
destino y disimuladamente y en voz baja le preguntó al piloto; "Qué
pasa? Debimos haber llegado hace tiempo" el piloto le respondió; "Es
que no encuentro ese bendito pueblo, estamos perdidos". Después de
varias vueltas más, el piloto decidió regresar hasta encontrar algún
aeropuerto para poder aterrizar de inmediato pues quedaba poco
combustible. Fue así como aterrizaron en San Fernando de Manapiare,
mucho mas al norte de Maroa. Pernoctaron allí y al día siguiente
hicieron gestiones para encontrar un bongo y un baquiano (conocedor
de la zona) quién los llevara por vía fluvial hasta un lugar mas
cercano a la meta. Hubo recorridos que tuvieron que hacer bajo
fuertes caminatas. Tuvieron que dormir una noche en plena selva y
sin protección alguna. Fue esta situación la que hizo al grupo dar
gracias a Dios por contar con la presencia de papá. Se sentían
protegidos. El asumió la coordinación de todo y gracias a él
llegaron todos con bien a Maroa.
Las comidas las hacíamos en el comedor de la escuela y varias de las
indígenas del pueblo cocinaban para nosotros. La mayor parte de la
comida la traíamos de Caracas pero con frecuencia comíamos algunos
alimentos cosechados o cazados por ellos. En una oportunidad nos
prepararon caldo de mono. Yo apenas probé el consomé pues no me
animé a comer ninguna presa. Aquello tenía la misma apariencia de un
feto. No pude comerlo.
Esa noche la cena resultó muy divertida. Sentíamos una gran dicha
con llegada del grupo extraviado.
Al día siguiente los despedimos en el puerto antes de su partida a
San Carlos de Río Negro, pueblo mas al sur.
Ya solos en el pueblo, continuamos con la estrategia establecida
para la recopilación de los datos. Esto se facilitaba mucho pues la
gente del pueblo era sencilla y dispuesta a colaborar. A penas
teníamos unas cuantas horas en el pueblo y ya nos habían invitado a
una fiesta a pesar de no conocernos aun. Cualquier cosa que le
causara alegría era motivo de celebraciones y festejos. Quizás no
tenían recursos para comprar un refresco pero la cerveza y el agua
ardiente siempre estaban presente. Existían solamente dos comercios.
En ellos se vendía de todo; comida, pan, bebidas, y otros artículos
como de ferretería, ropa, calzado etc.
No pasó mucho tiempo sin que el pueblo entero se convirtiera en un
amigo. Todos querían que fuéramos a su casa para atendernos con una
tacita de café o comer un poco de casabe con bachacos. El bachaco es
una hormiga muy grande y con gran trasero a la cual hierven con sal
y la separan de la cabeza comiéndose solamente la parte trasera por
eso los llaman "bachaco culón". Este tipo de bachaco es uno de los
principales ingredientes en la preparación de la "Catara" un picante
delicioso que solo se prepara en el Amazonas. A mi me encanta y
trato siempre tener una botellita en casa, la que celo mucho.
Una joven indígena esperaba un bebé. Su embarazo estaba muy
adelantado. Vivía muy cerca de la casita donde nos hospedábamos.
Diariamente hablábamos con ella y nos contaba sobre lo contenta que
estaba con su bebé y lo ansiosa que estaba por que naciera. Un buen
día nos enteramos que el bebé había nacido y corrimos todos a
conocerlo. Al verlo nos sorprendimos mucho pues observamos un gran
hematoma al rededor de un ojito y aun tenía un poco de sangre
coagulada producida por una herida. Al preguntarle que había
sucedido, contestó tranquilamente:
-"Al sentir los dolores, fui
corriendo al río, puse una ponchera en el suelo y sobre ella me
agache. Empecé a pujar y pronto empezó a salir el bebé. Yo lo tomaba
con las manos pero sin poder evitarlo se me resbaló y calló en la
ponchera prácticamente de cabeza"
Las indígenas dan a luz en el río y la mayoría de las veces sin
asistencia médica. Cuando se complica el parto y por las
dificultades de acceso de muchos poblados, mueren en el bongo antes
de que pueden llegar donde el médico rural más cercano. Gracias a
Dios, regularmente nacen sin mayores problemas.
No existen los robos pues se respeta mucho la propiedad privada. El
trato entre ellos y los que vienen de afuera es muy respetuoso. Son
gente amable, muy atentas y cariñosas. En el fondo creen que somos
superiores y en ocasiones se percibe en ellos un sentimiento de
inferioridad. Algunos grupos étnicos afirman no hablar su dialecto
para no reafirmar su condición de indios. Este aspecto lo trabajamos
mucho con ellos. Intentábamos en todo momento aumentar su autoestima
haciéndoles sentir orgullo por su raza.
Temprano en las mañanas nos reuníamos todos en el comedor de la
escuela para desayunar para luego salir a realizar, en parejas, el
trabajo de campo asignado.
Lamentablemente me tocó un compañero un poco flojo y sobre mi recaía
el peso y la responsabilidad de las entrevistas, pero era muy bueno
ganándose la confianza de todos, lo que permitía mayor acertividad
en las respuestas y mejor disposición al contestar las preguntas.
Una vez llegamos a una casa justo en el momento en que comían casabe
con bachacos. No dudaron en compartir su alimento con nosotros pero
no negaban la posibilidad de un rechazo de nuestra parte pues sabían
que no acostumbrábamos a comer aquellos raros insectos. Yo no pude
probarlos en esa oportunidad pero mi compañero se olvidó de los
motivos de nuestra visita y se dedicó a engullir casabe con bachaco.
Lo hacía con tanto gusto que parecía estar exquisito.
A las 12:30 regresábamos a la escuela para almorzar y sin largas
sobre-mesas, emprendíamos nuevamente nuestro trabajo.
Cerca de las Seis de la tarde dejábamos a un lado las libretas con
las anotaciones del día para tomar un refrescante baño.
Pero no todo era trabajo. En las noches, después de cenar, nos
reuníamos a cantar bajo los acordes de un cuatro (instrumento
musical venezolano, mas pequeño que una guitarra de solo 4 cuerdas)
y a comentar los sucesos del día. Otras noches nos reuníamos en uno
de los comercios a tomar algunas cervecitas bien frías las que
compartíamos con las amistades que habíamos hecho en el pueblo. A
veces no había refrescos que tomar al acabarse su existencia pero
con la cerveza nunca sucedía pues los pedidos se hacían en mayores
cantidades por su alto consumo.
Una noche sorprendimos a los muchachos con una serenata. A pesar de
que no éramos grandes cantantes fueron bastante buena nuestras
interpretaciones y de gran halago para ellos quienes supieron
valorar nuestro esfuerzo.
Compartir día y noche con todo el grupo de trabajo resulta muy
difícil. No tardó mucho tiempo para que surgieran diferencias y
conflictos entre nosotros. Las relaciones empezaban a deteriorarse.
Muchos aspectos, entre ellos la competencia y la rivalidad, insidió
en serias discusiones. Sin embargo logramos manejar con madurez
estos impases solventando así la incomoda situación que se había
producido.
Hubo un fin de semana que nos pusieron a la disposición dos
embarcaciones para pasar esos dos días en San Carlos de Río de
Negro. Me gustaba la idea de encontrarme con papá y compartir con él
pero a la vez no estaba muy dispuesta a navegar río arriba durante
cuatro horas. Por eso preferí quedarme y hacer mío al pueblo de
Maroa. El grupo partió y yo pude disfrutar en soledad de aquel
adorable pueblo y su gente.
Las noches eran cálidas y cuando el calor interrumpía mi sueño
bajaba al puerto y me sentaba frente al río. Sus aguas reflejaban en
su vaivén la luna llena mientras la silueta de una curiara la
atravesaba trayendo consigo el cansancio de un pescador que
regresaba de alumbrar. Era un espectáculo.
Llaman alumbrar a la pesca. No usan anzuelos ni cañas de pescar.
Utilizan una lanza y una linterna para alumbrar y ver los peces
desde la superficie. Con mucho atino, al alumbrar algún pez, apuntan
su lanza y con éxito sacan satisfechos su presa.
Maroa es la capital del Departamento Casiquiare y se encuentra a la
margen izquierda del río Guaina. Está a 130 kilómetros de San Carlos
y a 250 kilómetros de San Fernando de Atabapo. Estos poblados son
los mas importantes en las cercanías de Maroa.
Para aquellos años el pueblo de Maroa contaba con 84 viviendas y de
ellas solo 69 estaban habitadas. A pesar de que muchas tenían techos
de zinc y pisos de cemento, la mayoría conservaba sus techos de paja
y sus paredes de bahareque (barro y paja). Es característico de la
mayoría de todos los grupos étnicos del amazonas que la cocina se
encuentre en la parte posterior de la vivienda. Para el momento de
nuestra visita solo 15 viviendas disponía de letrinas (Lugar para
las necesidades fisiológicas) construidas recientemente.
Disponían de aguas blancas a través de tuberías provenientes del
tanque público de agua, pero pocas poseían servicios de aguas negras
lo que implicaba precarias condiciones higiénicas y de habitabilidad
que posibilitaban la propagación de síndromes infecto-contagiosos.
Durante todo un mes, tiempo que pasamos en esta comunidad, el grupo
de personas que había en el pueblo era de 421 efectivos. De esta
población el 49% concentraba a los niños menores de 14 años. El 19 %
representaba a los del grupo etareo 15-24 y apenas un 6% superaba
los 50 años de edad.
La población de Maroa estaba conformada en un 70 % por los indios
Banivas. Un 20 % estaba representado por otros grupos indígenas como
son Yeral y Baré. El 11 % restante criollos. Se llaman así a las
personas no nacidas en este estado.
El trabajo del Baniva estaba referido a la agricultura, a través de
la explotación de pequeñas unidades de producción, así como la caza
y la pesca. Si bien es cierto que existían otras fuentes de trabajo,
tales como las que ofrecía el gobierno regional, éstos eran muy
escasos por lo que la población prefería mantener una economía de
subsistencia basada en el renglón agrícola.
El casabe es uno de los alimentos más importantes en casi todos los
grupos indígenas de la región y además forma parte de la dieta
diaria de muchas poblaciones urbanas y rurales de esa zona. Existen
evidencias arqueológicas que sugieren la existencia del casabe en el
tercer milenio antes de Cristo, hace aproximadamente cinco mil años.
El casabe se elabora con la raíz de la yuca o mandioca, un arbusto
cultivado originalmente por los indigenaza de América del Sur y cuyo
cultivo y consumo se difundieron en la época precolombina a las
Antillas, Centro América y México.
Para elaborar el casabe se comienza por extraer los tubérculos de
yuca y se procede a lavarlos y pelarlos. Luego se rallan en grandes
rallos fabricados por ellos mismos y se exprimen luego en un
"Sebucán"
El sebucán consiste en un cilindro cerrado en su extremo inferior.
Se teje con hojas de una planta herbácea conocida como "tirita". Su
tejido diagonal permite estirarlo verticalmente y cuando ello ocurre
se reduce el diámetro del cilindro y se ejerce presión sobre la
pulpa. Una vez lleno, se suspende el sebucán por el asa en su
extremo superior y se lo tensiona utilizando una palanca de madera
que se atraviesa por el asa en su parte inferior. A medida que se
forza la palanca y se estira el sebucán, aumenta la presión sobre la
pulpa y se extrae así buena parte del jugo de la yuca. Este jugo se
conoce con el nombre de yare y es utilizado por los indígenas para
guisar sus alimentos y para preparar bebidas fermentadas. La pulpa
que queda en el sebucán se pasa por un tipo de colador tejido
también con hojas de tirita y con la harina fina que se obtiene de
este cernido se hace el casabe. Para la cocción del casabe se
utiliza un budare (plancha circular de arcilla o metal) colocado
sobre un fogón. Cuando el budare está caliente, se extiende sobre él
una capa de harina, formándose así la llamada torta de casabe.
Generalmente las tortas de casabe se secan al sol, a veces sobre el
techo de las viviendas, a fin de eliminar el exceso de humedad que
queda en ellas. El casabe se utiliza principalmente como pan para
acompañar sopas, carnes y guisados.
Se observaba la participación de la población en actividades propias
a la recolección de la fibra de "Chiqui-chique" efectuándose ésta
ocasionalmente, en el tiempo que les permitían las otras tareas.
Colombia y Venezuela se encuentran separadas en esta zona por el río
(Guainia). Cruzando el río a lo ancho en una curiara o un bongo se
llega a territorio colombiano. En esta parte hay una casita tipo
comercio donde venden toda clase de cosas, entre ellas preciosas
cestas, carteras y escobas de chiqui-chique. El venezolano la
siembra y la cosecha pero en muy raras ocasiones la procesa. En
cambio el colombiano, que en ocasiones la recoge el mismo en nuestro
Pals, se las lleva y las convierte en hermosos bolsos y cestas para
miles de uso. Luego el venezolano cruza el río para comprar, a
precios elevados, una de estas cestas hechas con la fibra que quizás
sus propias manos cosecharon alguna vez.
En esta parte del país, dada las condiciones y las características,
el Venezolano y el Colombiano entra y sale sin ningún tipo de
problemas. La frontera, al igual que la maldad y la trasgresión no
existen en estas localidades. Muchos de nuestros Banivas tiene sus
conucos en caños del vecino país.
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