Francesca Garrido

 

En la escuela decían que Ariadna era demasiado inquieta, no podía parar un segundo y a veces, eso no se podía permitir. Así que a menudo, sus papás visitaban al director y al salir, sino enfadados si un poco molestos.

Ariadna era extrovertida, le encantaba charlar con la gente, era amiga de sus amigos, cariñosa, divertida. Le gustaba cantar, jugar pero por encima de todo, bailar.

A menudo soñaba despierta, cuando escuchaba una canción, sus pies parecían moverse solos, no pisaban el suelo sino que flotaban a un palmo de él. Era feliz, y así lo demostraba y la veían los demás. Otras veces, escuchaba la música y simplemente se limitaba a seguir la melodía tarareándola sin cesar. Lo cierto era que cualquier cosa relacionada con la música la dejaba embelesada.

Una noche, después de otra visita de sus papás a la escuela. Se sentía muy triste, sabía que ellos estaban inquietos por su actitud pero ella no podía evitarlo, no lo hacía para ponerlos tristes, sino sencillamente porque su forma de ser la llevaba a sentirse así.

Se durmió pensando en ello, cuando sintió como las estrellas entonaban un dulce vals que comenzó sonando muy lejano, pero a medida que se acercaba sonaba más fuerte. Se dejó envolver por la melodía y sintió como bailaba entre brillos de colores, entre luces blancas y azules, destellos como diamantes, sonrisas y aplausos. Había bailado como una auténtica estrella, no necesitaba que sus pies tocasen el suelo para sentirse parte de la melodía. Las claves musicales danzaban a su alrededor, ella subía y bajaba por el pentagrama, las cuerdas la hacían flotar más y más. Después, cuando la música entonaba un adagio suave y muy dulce, se dejó caer sobre una nube, y desde allí observó como otras niñas como ella bailaban sin descanso, pero una vez terminaban de bailar, cogían sus libros y cuadernos escolares y comenzaban a realizar sus tareas. Leían, escribían, estudiaban…

Entonces Ariadna se dio cuenta de un detalle, de algo que no había tenido en cuenta antes, y era precisamente lo que preocupaba tanto a sus papás. Además de divertirse bailando, también tenía que divertirse trabajando en la escuela.

El sol comenzó a entrar tímidamente en la habitación de Ariadna, acarició su rostro y la despertó suavemente. Ella se incorporó de un salto, sonriente y feliz.

Desde aquel día, ya no hubo más visitas de sus papás al director de la escuela, y ella además de realizar todas sus tareas escolares, se vio recompensada cuando sus padres le anunciaron que la habían inscrito en la escuela de danza de la ciudad.

 

 

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