Estatuta viviente: Alejandro Lewin.

http://www.alelewinshowman.com.ar/

Foto: Rubén Japas

Diseño Grafico: Morella Jiménez

 

 

 

 

La estatua del Príncipe Feliz se alzaba sobre un pedestal, en lo más alto de la ciudad. Toda ella estaba cubierta de madreselva de oro fino. Tenía dos rutilantes zafiros en lugar de ojos y un gran rubí, de tono escarlata muy vivo, brillaba en el puño de su espada.       

La estatua era muy admirada.

-Es tan bella como una veleta -observó uno de los concejales que deseaba adquirir fama de experto en arte.

Pero enseguida, temiendo pasar por hombre poco práctico, añadió:

-Aunque realmente no es muy útil.         '

Puede que no lo fuera.

Una madre, cuyo hijito quería la luna, le decía así:

 -¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? El nunca hubiera pedido nada a gritos.

Y un hombre fracasado, murmuraba al contemplar la maravillosa estatua:

-Me satisface saber que en el mundo hay alguien completamente feliz.

-En verdad, parece un ángel -dijeron dos pequeños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus vistosas capas rojas y sus lindas chaquetas blancas.

-¿En qué lo notáis -replicó el profesor de Matemáticas-, si no habéis visto nunca ninguno?

-¡Oh! -contestaron los niños- . Los hemos visto en sueños.

El profesor de Matemáticas frunció el entrecejo y adoptó un aire de severidad; aquellos niños tenían exceso de imaginación.

 Cierta noche, una golondrina voló velozmente hacia la ciudad. Seis semanas antes sus compañeras se habían marchado a Egipto y ella, adrede, se quedó rezagada; todo porque estaba locamente enamorada del más hermoso de los juncos. Lo vio al iniciarse la primavera, mientras revoloteaba sobre el río persiguiendo a una mariposa de alas pespunteadas de oro.

Seducida por el esbelto talle del junco, la golondrina le habló así:

-Te amaré siempre.

El junco le hizo una profunda reverencia y la golondrina voló a su alrededor, rozando el agua con sus alas y dejando en la superficie estelas plateadas. Era su manera de hacer la corte, y así fue pasando el estío.

  Las otras golondrinas murmujeaban:

-Es un enamoramiento absurdo; ese junco es un pobretón con demasiada familia.

Porque en efecto, el río estaba todo poblado de juncos.

Al llegar el otoño todas las golondrinas alzaron el vuelo y sucedió que al marcharse sus compañeras, la golondrinita se sintió muy sola y empezó a cansarse de su amante.

Se dijo:

-Ni siquiera sabe hablar. Además, temo que sea infiel; flirtea sin cesar con la brisa.

 -Realmente, siempre que soplaba la brisa, el junco multiplicaba sus gentiles saludos.

También pensó la golondrina que el junco debía ser muy casero; a ella, por el contrario, le encantaban los viajes.

-¿Quieres venir conmigo?-se decidió a preguntarle.

El junco movió negativamente la cabeza; estaba demasiado arraigado en el lecho del río.

Indignada, la golondrina chilló:

-¡Te has estado burlando de mí! No me quedaré aquí ni un momento más; me iré a las Pirámides. ¡Adiós!

Y emprendió el vuelo. Viajó durante todo el día y al anochecer llegó a la ciudad.

-¿Dónde encontraré cobijo? -se preguntó.

Entonces vio la estatua sobre su pedestal.

-Me refugiaré ahí -pensó. Es un sitio bonito y ventilado.

Y justamente fue a posarse entre los pies del Príncipe Feliz.

Mirando en torno, la golondrina se dijo:

-Tengo un salón dorado.

Se disponía a dormir y al ir a meter su cabeza debajo del ala, una gruesa gota de agua le cayó encima.

-¡Es curioso! -exclamó-. El cielo está completamente despejado y las estrellas brillan con toda claridad. ¿Cómo puede ser? El clima del norte de Europa es realmente muy extraño.

Entonces le cayó una nueva gota. La golondrina empezó a enfadarse.

-¿Para qué sirve una estatua si no es para resguardarse de la lluvia? Tendré que buscar una buena caperuza de chimenea.

Y se disponía a hacerlo cuando, al abrir sus alas, le cayó una tercera gota. La golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio! Nada menos que los ojos del Príncipe Feliz anegados en lágrimas que iban deslizándose por sus mejillas de oro. Tan bello aparecía su rostro bajo la luna que la golondrina se sintió invadida de piedad.

-¿Quién sois? -le preguntó.

-Soy el Príncipe Feliz.

La golondrina quedó desorientada. Y dijo:

-¿Por qué lloráis entonces? Casi me habéis empapado.

-¡Ah! -se lamentó la estatua-. Cuando yo vivía y palpitaba en mí un corazón de hombre, ignoraba lo que era el llanto porque residía en el Palacio de la Despreocupación, donde se prohíbe la entrada a la Pena. De día jugaba con mis compañeros en el jardín y de noche bailaba en el amplio vestíbulo. En torno al jardín se levantaba un muro altísimo, pero jamás me preocupé por lo que hubiera detrás, pues todo cuanto me rodeaba era maravilloso. Mis súbditos me llamaban el Príncipe Feliz, y en verdad que lo era.

La golondrina no comprendía muy bien a dónde iría a parar el Príncipe. Este añadió, luego de un suspiro:

-Así viví y así dejé de existir, y ahora que estoy muerto, me han elevado tanto que puedo contemplar todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad. Y aun siendo de plomo mi corazón, no me queda otro remedio que llorar.

-¡Cómo! ¿No es de oro de la mejor ley? -se asombró la golondrina. Y no dijo más porque estaba muy bien educada para hacer observaciones en voz alta.

Pero la estatua continuó hablando en voz baja y musical.

-Allá abajo, en una calleja, hay una vivienda y por la ventana me es dado ver a una mujer sentada ante una mesa. Su cara está enflaquecida y ajada; sus manos estropeadas por los pinchazos de la aguja. Borda pasionarias sobre un vestido de corte que ha de lucir en el próximo baile la más bella de las camareras de la reina. Y su hijito está enfermo; tiene mucha fiebre y pide naranjas, pero su madre sólo puede darle agua del río. Por eso estoy llorando. Golondrina, golondrinita, ¿no querrás llevarle el rubí de la empuñadura de mi espada? Tengo los pies sujetos al pedestal y no puedo moverme.

-Es que mis compañeras están ya en Egipto; me esperan volando sobre el Nilo y charlando con los esbeltos lotos. Pronto irán a dormir a la tumba del Gran Rey, que está allí en su féretro de madera, vendado con un lienzo amarillo y embalsamado con sustancias aromáticas.

-Golondrina, golondrinita -repitió el Príncipe-. ¿No querrías quedarte conmigo por una noche y ser mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y está tan triste la madre!

-No me agradan mucho los niños -contestó la golondrina-. El pasado invierno yo vivía a orillas del río y los dos hijos del molinero siempre estaban tirándome piedras. Y si no me alcanzaban era porque nosotras, las golondrinas, volamos muy bien; especialmente yo, que pertenezco a una familia famosa por la ligereza de sus alas.

Mas tan triste era la mirada del Príncipe, que la golondrina se sintió con movida.

-En fin -exclamó ésta-. Hace mucho frío aquí, pero me quedaré por una noche para acompañarte y llevar tu mensaje.

-Gracias, golondrinita -respondió el Príncipe.

Arrancó la golondrina el soberbio rubí de la espada del Príncipe y llevándolo en el pico sobrevoló los tejados. Pasó por encima de la torre de la catedral, en la que había unos ángeles blancos, y sobre el Palacio Real. Entonces llegó hasta ella el sonido de la música del baile.

Una linda muchacha se asomó al balcón con su prometido. -¡Qué hermosas son las estrellas! -se admiró él, mirando al cielo.

-Quisiera tener mi vestido para el baile de la Corte -replicó ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias, pero ¡son tan holgazanas las costureras!

Volando sobre el río llegó al ghetto, donde los viejos judíos, comerciaban entre sí; y por último llegó a la pobre vivienda de la costurera y miró hacia adentro: el niño se removía febrilmente en su camastro y la madre dormitaba, rendida por la fatiga.

La golondrina penetró en la habitación y dejó el gran rubí sobre la mesa, dentro del dedal de la costurera. Luego revoloteó sin hacer ruido alrededor del lecho, abanicando con sus alas la carita del niño.

El niño murmuró:

-¡Qué fresco más agradable! Creo que ya estoy mejor...

Y se durmió más tranquilo.

Rápidamente la golondrina voló hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.

-¡Sí que es raro! -observó ella-. Ahora tengo casi calor, a pesar del frío que reina.

Y el Príncipe le replicó:

-Es porque has hecho una buena acción.

Meditando sobre ello, la golondrinita se quedó dormida. Le sucedía igual siempre que le daba por meditar. En cuanto amaneció emprendió el vuelo hacia el río y se dio un baño.

-¡Asombroso! -exclamó el profesor de Ornitología, que cruzaba por el puente-. ¡Una golondrina en esta época!

Y escribió sobre ello un extenso artículo destinado a un diario local. Todo el mundo lo comentó mucho.

Mientras tanto, la golondrina se decía:

-Esta noche partiré hacia Egipto.

Y sólo de pensado se ponía contentísima. Estuvo descansando un buen rato sobre la aguja del campanario de la catedral. Allá por donde iba, los gorriones que piaban, diciéndose unos a otros:

-¡Qué extranjera más distinguida!

Ella se ahuecaba de satisfacción.

Nada más salir la luna, volvió a todo vuelo junto al Príncipe Feliz.

 -¿Queréis algo para Egipto? -le gritó-. Hoy emprenderé la marcha. -Golondrina, golondrinita -suspiró él-. ¿Quieres quedarte otra noche conmigo?

-Me esperan en Egipto. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo reposa entre los cañaverales, y el dios Memnón se alza sobre un enorme trono de granito. Al mediodía los rojizos leones bajan a beber a la ribera del río. Y sus ojos son como aguamarinas, y sus rugidos más atronadores que los de la catarata.

-Golondrina, golondrinita -volvió a suplicar el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla, inclinado sobre su mesa llena de papeles; a su lado hay un vaso con unas violetas marchitas. Debe terminar una obra para el director del teatro, pero siente tal frío que no puede escribir más. El fuego no arde en su chimenea y el hambre le ha dejado extenuado.

-Me quedaré otra noche acompañándoos -accedió la golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Queréis que le lleve otro rubí?

-¡Ay, no tengo más rubíes! -se lamentó el Príncipe-. Sólo me quedan mis ojos; son unos zafiros magníficos traídos de la India hace mil años. Arráncame uno y llévaselo. El lo venderá a algún joyero y podrá comprar alimentos y leña.

La golondrina se echó a llorar.

-Mi querido Príncipe, no tengo valor para hacer eso.

-Golondrina, golondrinita -dijo el Príncipe-, ¡haz lo que te mando!

Y entonces ella arrancó el ojo del Príncipe y voló hasta la buhardilla del escritor. Le fue fácil entrar porque el techo tenía un agujero.

El joven, que tenía la cabeza hundida entre las manos, no oyó el aleteo del pájaro, pero al alzar los ojos descubrió el soberbio zafiro junto a las marchitas violetas.

-¡Ah!-exclamó-. Esto debe ser un presente de algún rico admirador.

Seguro que empiezan a reconocer mi valía. Ahora podré concluir mi obra.

Y se sintió feliz.

Al día siguiente la golondrina voló hacia el puerto. Se posó sobre el mástil de un gran navío y estuvo viendo cómo los marineros extraían de la cala enormes cajas, tirando de unos cabos.

-¡Iza!-gritaban, a cada caja que se elevaba hacia el puente.

La golondrina les gritó:

-¡Marcho a Egipto!

Pero nadie le hizo caso y en cuanto salió la luna voló de nuevo hacia el Príncipe Feliz.

-He venido únicamente a despedirme de vos -le dijo.

-¡Golondrina, golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No quieres quedarte y acompañarme durante una noche más?

-Ya es invierno -replicó la golondrina-. Pronto la tierra se cubrirá de nieve, mientras que en Egipto el sol calienta sobre las verdes palmeras. ¿Os dais cuenta de lo delicioso que debe ser? Los cocodrilos, tendidos en el légamo, contemplan indolentes los lotos a orillas del río. Mis amigas y mis compañeras hacen sus nidos en el Templo de Bealbec. Las palomas blanquirrosadas las siguen con los ojos mientras se arrullan... Mi querido Príncipe, no tengo más remedio que dejaros; pero nunca os olvidaré y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas en sustitución de las que habéis regalado. Un rubí que será más rojo que la rosa más roja y un zafiro tan azul como el mar.

El Príncipe suspiró, estuvo un tiempo silencioso y la golondrina también, sintiéndose triste y un poco avergonzada por repetir tanto sus deseos de marchar.

Al rato, el Príncipe insistió y dijo:

-Allá abajo, en aquella plaza, ha instalado su puesto una niña que vende cerillas. ..

La golondrina casi sintió miedo de lo que el Príncipe pudiera decir y trató de interrumpirle.

-Seguramente, pero a ninguno de los dos nos interesa esa niña.

-El caso es -añadió con nostalgia la estatua- que las cerillas se le han caído al arroyo y se han mojado. Ahora ya no podrá venderlas y su padre le pegará mucho si no lleva el dinero de su importe a casa. Por eso está llorando.

-Si que es triste -contestó la golondrina, tratando de no pensar en la niña para no enternecerse.

-Es realmente lamentable que la pobre niña no lleve medias ni zapatos y tenga la cabeza descubierta. ¡Figúrate si tendrá frío! comentó el Príncipe.

-Claro que tendrá frío.

-¿Lo reconoces? Entonces no pierdas tiempo. Arráncame este ojo, llévaselo y así su padre no le pegará.

-Mi querido Príncipe, pasaré también esta noche con vos, pero no puedo arrancaros este ojo, porque entonces os quedaríais ciego.

-¡Golondrina, golondrina, golondrinita! -exclamó el Príncipe-¡Haz lo que te mando!

La pobre avecilla se resistió y lloró, pero acabó arrancando el otro ojo del Príncipe. Después, llevándolo en el pico, alzó el vuelo.

Mientras volaba sobre la ciudad no pudo por menos de pensar en el generoso sacrificio de su amigo. Pero, al mismo tiempo, se iba conformando a la idea de su ceguera, imaginando la alegría que podía dar a la pequeña vendedora.

La niña miró asombrada a la golondrina que se posaba en su hombro y abrió instintivamente la manita para recoger la piedra preciosa que dejó caer del pico. Nunca había visto piedras preciosas e ignoraba su valor. Sin embargo, estuvo mirando con embeleso el presente de la golondrina.

-¡Qué bonito trozo de vidrio! -exclamó la chiquilla. Y se marchó a su casa, ligera y alegre.

Entonces la golondrina, que la había estado mirando desde la rama desnuda de un árbol, regresó junto al Príncipe.

-Ya está -le notificó-. La niña se puso muy contenta y corrió a su casa llevando lo que me disteis para ella.

-Gracias, golondrina. Te has portado muy bien. Ahora ya puedes marcharte a Egipto.

-¿Marcharme a Egipto? ¡No sabes lo que dices!

-Es lo que has estado deseando últimamente. No hacías, sino repetir que deseabas irte -le recordó él.

-Pero ahora ya no. Estáis ciego y os soy necesaria.

-Por favor, golondrinita, por favor... no soportarás los fríos; vete a Egipto.

-Me quedaré con vos para siempre. Está decidido -repitió la golondrina con tanta obstinación, que el Príncipe no se atrevió a insistir.

Y también aquel día se quedó dormida a sus pies, sintiendo un extraño contento.

Al día siguiente despertó aterida, pero nada dijo. Voló un poquito, hasta posarse en el hombro de su amigo y empezó a contarle todo lo que había visto en lejanos países, suponiendo que le agradaría saberlo.

-Tendríais que ver a los ibis rojizos alineados en largas filas a orillas del Nilo y cómo pescan a picotazos peces de oro.

-¡Qué fabuloso país! -comentó el Príncipe.

-Pues... ¿y la gran Esfinge? Es tan vieja como el mundo y habita en el desierto y todo lo sabe.

-Cuéntame más cosas, golondrinita -le pidió el Príncipe.

-Figúrate que los mercaderes, cuando andan lentamente junto a sus camellos, pasan las cuentas de unos grandes rosarios de ámbar entre los dedos. Existe un rey, el de las Montañas de la Luna, que es más negro que el ébano y adora un enorme bloque de cristal.

-Es fantástico -susurró el Príncipe.

-Sí, muy fantástico. Casi tanto como la gran serpiente verde que dormita entre las ramas de una palmera y que extraños sacerdotes alimentan con pastelitos de miel. Y también hay pigmeos que navegan por un amplio lago sobre anchas hojas y están siempre guerreando con las mariposas.

-¡Querida golondrinita! ¡Qué maravilloso es cuanto me has contado! Pero lo son más aún las penas que sufren los hombres y las mujeres. El mayor misterio es la miseria. Vuela sobre mi ciudad, golondrinita, y dime luego lo que hayas visto.

Entonces la golondrina voló sobre la enorme ciudad y vio a los ricos celebrando fiestas y banquetes en sus soberbios palacios, mientras los menesterosos se agrupaban, sentados a sus puertas. Al pasar por los barrios más sórdidos vio niños de caritas exangües que no tardarían en morir de hambre. Y bajo el arco de un puente, dos arrapiezos tendidos y abrazados uno al otro para darse calor.

-¡Tenemos mucha hambre! -decían unos.

-¡Está prohibido tumbarse aquí! ¡Largo! -les gritó un guardia a los arrapiezos que se guarecían bajo el puente.

¡Qué tristeza le produjeron a la golondrina, cuando se alejaron bajo la lluvia!

Pero prosiguió su vuelo y fue a contar al Príncipe cuanto había visto.

El Príncipe, muy triste, dijo así a su amiga, la golondrina:

-Te habrás fijado que me cubre una capa de oro fino. Vete quitándolo, hoja por hoja, y repártelo entre mis pobres, ya que los hombres creen que el oro proporciona la felicidad.

Así lo hizo la golondrina y hoja a hoja fue desprendiendo el oro fino que cubría la estatua, hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza. Y hoja a hoja lo repartió entre los necesitados, con lo cual las caritas infantiles recobraron sus colores sonrosados y los niños rieron y jugaron por las calles.

-¡Ya tenemos pan! -gritaban alegremente.

No tardó en llegar la nieve y también el hielo. Las calles parecían pavimentadas de plata por lo blancas y relucientes. Afilados carámbanos como puñales de cristal colgaban de los aleros. La gente se envolvía en pieles y los niños llevaban gorritos que parecían grandes copos de algodón rojo y patinaban ágilmente sobre el hielo.

La pobre golondrinita sentía cada vez más frío, pero no quería dejar solo al Príncipe porque le amaba tiernamente. Picoteaba las migas que quedaban en la puerta del panadero, procurando que éste no la viese, e intentaba entrar en calor agitando sus alas.

Finalmente, comprendió que iba a morir.

Con sus últimas fuerzas voló hasta el hombro del Príncipe Feliz.

-¡Adiós, mi querido Príncipe! -musitó-. Permitidme que os bese la mano. Entonces el Príncipe no entendió a la golondrina, a pesar de la amistad y afecto que le profesaba.

-Me da mucha alegría que al fin marches a Egipto, golondrinita. Has estado aquí demasiado tiempo.      .

-Ahora se me hace muy corto. Me hubiera gustado estar junto a ti mucho más, te lo aseguro dijo ella con un temblor en la voz.

-Es hermoso oírte hablar así -murmuró el Príncipe-. No me beses en la mano, sino en los labios, porque te amo.

La golondrina no quiso que su amigo continuase en el engaño.

 -No te abandonaría para irme a Egipto -murmuró emocionada-, sino porque me dirijo a la Morada de la Muerte. ¿Verdad que la Muerte es la hermana del sueño?

Y besando al Príncipe Feliz en la boca cayó muerta a sus plantas. En el mismo instante se oyó un extraño crujido en el interior de la estatua, igual que si algo se hubiera roto. En realidad, la capa de bronce se acababa de partir, ya que verdaderamente el frío era muy intenso.

En las primeras horas de la mañana siguiente cruzó el alcalde la plaza, acompañado de los concejales de la ciudad, y al pasar ante el pedestal alzó los ojos hacia la estatua.

-¡Qué harapiento parece el Príncipe Feliz! -exclamó.

-¡Sí, qué harapiento está! -dijeron los concejales a coro, ya que siempre tenían la misma opinión que el alcalde.

Durante un rato todos contemplaron la estatua con detenimiento.

-Se ha desprendido el rubí de su espada -observó el alcalde.

-¡Le faltan los ojos y el oro del traje! -exclamaron a una los concejales.

 -¡La verdad es que está hecho un pordiosero! -se lamentó el alcalde.

 -Sí, sí, un pordiosero -repitieron los concejales.

  -Y ahora hay un pájaro muerto a sus pies -añadió el alcalde-. Tengo que dictar un bando prohibiendo que los pájaros vengan a morir aquí. .

Ni uno de los concejales protestó de la necedad del alcalde. El secretario del Ayuntamiento tomó nota del acuerdo. Siempre lo hacía porque era su obligación.

-Esta estatua afea la ciudad -observó a continuación el alcalde.

Y los concejales repitieron:

-La afea.

Entonces acordaron derribar la estatua del Príncipe Feliz.

-Lo que carece de belleza es inútil -afirmó el profesor de Estética de la Universidad.

En vista de lo cual, mandaron fundir la estatua.

El alcalde reunió al Consejo en sesión extraordinaria para decidir lo que debía hacerse con el metal.

-Podríamos hacer otra estatua -propuso un concejal-. La mía, por ejemplo.

-O la mía -dijeron sucesivamente cada uno de los concejales, que terminaron discutiendo acaloradamente, porque deseaban hacer valer sus méritos en menoscabo de los de sus compañeros. Debió pasar bastante tiempo antes de que la discusión cesara.

-¡Qué cosa más rara! -dijo el primer oficial de la fundición-, No hay manera de fundir este corazón de plomo. Habrá que tirado con la chatarra.

Los fundidores lo arrojaron a un montón de desecho, donde también estaba la golondrina muerta.

-Tráeme las dos cosas más preciadas de la ciudad -ordenó el Señor a uno de sus ángeles.

Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pajarillo muerto.

-Has elegido perfectamente -dijo Dios al ángel-, pues en mis jardines del Paraíso este pajarillo gorjeará eternamente, y en mi ciudad de oro, el Príncipe Feliz entonará mis alabanzas.

 

 

 

 

 

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