Francesca Garrido

 

Rubén y Manuela eran dos niños muy inquietos, no paraban un solo momento desde que se despertaban hasta que caían rendidos por la noche.

Un día, fuero a visitar la granja de sus abuelitos, y allí descubrieron muchísimas cosas que antes no habían visto en la ciudad. Les gustaba que sus papás los llevasen allí, porque podían corretear sin el peligro de los vehículos en las calles, y también ensuciarse con el barro de las charcas.

La abuela preparaba unos pasteles que estaban para chuparse los dedos, y mientras tanto el abuelo recogía el trigo para llevarlo más tarde en la carreta y así venderlo cuanto era el tiempo adecuado. Aquellos días, les encantaban.

Vieron como los caballos corrían tras la verja de madera, al paso del automóvil de papá. También descubrieron a mamá pato cuidando a sus pequeños patitos y enseñándoles como zambullirse en el agua. Las ovejas corrían como locas por un prado, hasta que Lord, el perro las unió de nuevo en el rebaño.

Aquello les entusiasmaba, sus ojos no daban más de si observándolo todo. Era como descubrir un mundo nuevo del cual nunca antes hubieran oído hablar.

El día pasó rápidamente, aunque aquella noche se quedarían a dormir en la granja.

Eran felices, se habían divertido de lo lindo, y mientras la tarde caía ellos se divertían mirando como los pequeños pollitos de mamá gallina correteaban por el barro hasta que entraron de nuevo en el corral.

- ¡A cenar! ¡A cenar! – La voz de la abuela salía desde la cocina y ellos, hambrientos corrieron hasta la puerta.

Rubén y Manuela soñaron con todas las cosas nuevas que habían visto y aprendido. Y así, poco a poco sus sonrisas cayeron en el profundo mundo de los sueños.