
En
un
bosque
encantado
hermosos
árboles
y
arbustos
se
encuentran
en
él,
Y
entre
pájaros
cantores
y
caídas
de
agua
ruidosa,
un
pequeño
niño
escoge
siempre
la
sombra
de
un
viejo
roble,
donde
él
se
cobija
y
confía
sus
más
inocentes
juegos
y
sonrisas,
y su
llanto
también
es
escuchado
por
él,
más
de
una
travesura
le
fue
descubierta
y
encubierta
por
el
viejo
roble
entre
sus
ramas.
Siempre
el
niño
encuentra
amor
y
ternura
en
él,
y
aún
con
su
corta
edad
cuida
de
no
lastimar
sus
añejadas
estructuras.
Pero
el
viejo
roble
tiene
un
nombre:
“Pablo”
se
llama
él,
quien
conmovido
por
el
infante,
llora
desde
siempre
sus
más
bellas
hojas
sobre
su
inocente
cabecita,
y su
gran
sombra
lo
cobija
por
siempre.
Desde
entonces,
el
niño
ahora
adulto
comprende
que
el
tiempo
y la
vejez
nos
hacen
sabios,
comprensivos
y
reflexivos;
y en
los
abuelos
podemos
encontrar
no
sólo
una
complicidad
inocente,
sino
el
amor,
la
compañía,
el
consejo
sabio
y el
reposo
entre
juegos,
cantos
y
sollozos.
Moraleja:
Todos
debemos
amar
y
cuidar
a
nuestros
abuelos,
ellos
son
como
el
viejo
roble;
fuertes
y
sabios
con
un
noble
corazón,
porque
el
tiempo
los
hizo
así.


Román
era
un
taciturno
y
misterioso
anciano
solitario,
que
cansado
del
robo
de
sus
ovejas,
una
noche
esperó
pacientemente
en
su
cabaña
a la
luz
de
la
luna;
y
observó
a
través
de
la
ventana
que
unos
intrépidos
jóvenes
saltaban
por
el
cerco
de
su
rebaño;
y
sigilosamente
cargaron
en
sus
hombros
a la
más
hermosa
y
robusta
de
sus
ovejas.
Al
advertir
la
presencia
del
misterioso
anciano,
quien
salió
a su
encuentro
con
una
enorme
rama
de
eucalipto
entre
sus
manos,
y
haciéndoles
unas
señas
los
dejó
correr
despavoridos
hacia
el
maizal.
Pero
grande
fue
su
sorpresa,
cuando
la
robusta
y
hermosa
oveja
se
sacudió
y se
transformó
en
un
enorme
puma
que
rugió
tan
fuerte
que
los
hizo
gritar
y
correr
de
terror
como
alma
que
lleva
el
diablo
hasta
desaparecer
en
el
horizonte.
Desde
aquella
noche
Román,
el
taciturno
y
misterioso
anciano
descansó
holgadamente
al
ocultarse
la
luna.
Moraleja:
No
siempre
nuestras
fechorías
pueden
pasar
desapercibidas,
hay
quienes
toman
la
justicia
por
sus
propias
manos,
y un
gran
susto
nos
podemos
llevar.
Aún
cuando
un
invierno
nos
cubra
con
un
manto
helado
de
tristeza.
Aún
cuando
en
un
otoño
dejen
de
caer
las
hojas
secas
de
nuestras
ilusiones.
Existe
la
esperanza
de
ver
llegar
una
nueva
primavera
que
reverdezca
nuestra
alma,
cubriéndola
de
flores
y de
alegres
cantos
de
avecillas
con
un
mensaje
de
amor
y
optimismo
en
su
corazón.
Existe
la
alegría
de
ver
brillar
el
sol
en
un
nuevo
día,
y de
sentir
el
calor
que
abraza
nuestro
esfuerzo
con
amor.
Moraleja:
No
dejemos
que
el
dolor
de
una
estación,
destruya
la
dicha
de
las
demás
estaciones
en
nuestras
vidas.
No
juzguemos
la
vida
por
una
triste
estación,
porque
mejores
tiempos
vendrán
por
delante.


Cierto
día
había
en
el
mar,
un
pececito
de
color,
pero
pálido
de
la
triste
aflicción
de
haber
perdido
en
tan
largo
viaje
a su
madre
y
hermanos;
la
corriente
lo
había
arrastrado
en
rumbo
equivocado,
dando
a
parar
junto
a
un
muelle;
donde
orondo
y
altivo
se
encontraba
un
pelícano,
cuya
virtud
no
era
precisamente
el
don
de
la
oportuna
apreciación
del
momento
de
aflicción
que
vivía
aquel
tierno
y
triste
pececito;
y
sin
reparo
alguno,
no
cesó
en
aumentar
su
dolor
diciéndole
que
tal
vez
su
madre
y
hermanos
estarían
ya
muertos
y
cautivos
en
el
buche
de
grandes
y
hambrientos
pelícanos
o
peor
aún,
en
el
interior
de
enormes
y
temibles
tiburones,
donde
la
oscuridad
los
ha
de
estar
azotando
mientras
son
digeridos…
Y
fue
entonces,
cuando
una
noble
gaviota
blanca
se
detuvo
al
vuelo,
tras
alcanzar
a
escucharlo
todo,
y a
pesar
del
hambre
que
tenía
a
cuestas,
se
compadeció
de
aquel
lindo
pececito
y le
dijo:
“Todo
va
a
estar
bien,
anímate,
muy
pronto
verás
a tu
familia,
y
seguirás
tu
rumbo
junto
a
ellos;
y yo
conseguiré
otro
buen
bocado”.
Moraleja:
No
actuemos
como
el
pelícano,
si
alguien
muy
cercano
llora
y se
aflige
en
desconsuelo,
alivia
su
pesar
con
palabras
de
aliento,
no
aumentes
su
tristeza.
Dale
buen
ánimo
y
esperanza
que
le
devuelvan
el
ser
otra
vez.


Muy
temprano,
dos
ardillas
inquietas
divisaban
las
nueces
que
sus
padres
almacenaban
en
un
inmenso
árbol,
que
curiosamente,
iba
siendo
adornado
con
guirnaldas
que
guardaban
armonía
con
las
flores
del
verde
bosque.
Un
pajarito
cantó
en
lo
alto:
¡Ya
se
acerca
la
Navidad!,
y
las
ardillas
se
alborotaron
de
alegría,
más
aún
cuando
una
vanidosa
mariposa
murmuró
que
los
regalos
nos
acompañarán
con
hermosas
cintas
llenas
de
elegancia
y
mucha
pompa.
¡
Prepárense
todos!
gritó
un
castor,
que
la
comida
en
abundancia
debe
estar
para
la
fecha
con
música,
cantos
y
diversión.
Llegado
el
día
de
Navidad,
las
ardillas
corrieron
sin
ni
siquiera
saludar
a
sus
padres
hacia
el
escondite
de
las
nueces,
y
vieron
en
él
un
humilde
envoltorio
de
hojas
secas,
y en
clara
decepción
al
no
encontrar
suntuosos
obsequios,
exclamaron:
¡ Y
qué
hay
de
los
regalos,
del
banquete
y la
diversión!.
Y en
tono
pausado
y
solemne
Papá
ardilla
respondió:
¿Y
quién
dijo
que
la
Navidad
es
solo
regalos,
banquete
y
diversión?
La
Navidad
es
ofrecer
lo
mejor
de
nosotros
al
Niño
Jesús,
es
compartir
en
la
unidad
y la
humildad,
es
saber
agradecer
por
la
armonía
de
nuestra
familia,
y el
trabajo
digno
que
tenemos;
y
henchida
de
emoción,
Mamá
ardilla
abrazó
a
sus
hijos
y a
su
esposo,
cogiendo
la
humilde
hoja
seca,
que
en
cuyo
interior
guardaba
la
nuez
más
hermosa
para
ofrecerla
al
Niño
Jesús,
y
para
desearle
a
todos
los
amigos
del
verde
bosque
una
feliz
Navidad.
Moraleja:
La
Navidad
más
hermosa,
es
aquella
en
la
cual,
nuestro
corazón
se
encuentra
debidamente
preparado
con
amor
y
humildad
para
que
nazca
el
Niño
Jesús,
alegrando
nuestro
existir.


Yo
aún
no
los
conozco,
pero
antes
de
nacer,
deseo
que
sepan
que
los
quiero
mucho.
Quiero
pedirles
que
se
amen
los
dos
y
que
me
amen
a mí
también.
Quiero
pedirles
que
me
den
un
hogar
lleno
de
felicidad,
donde
todos
me
acepten.
Si
las
comodidades
no
nos
acompañan,
que
el
amor
y el
respeto
nunca
nos
falten.
Quiero
crecer
jugando
y
cantando,
con
hermanitos
o
compañeros
de
escuela.
Deseo
que
mi
escuela
sea
mi
segundo
hogar,
donde
mis
maestros
me
quieran
y
enseñen
cosas
buenas
como
ustedes
lo
harán.
Deseo
ser
importante
en
la
vida,
donde
mi
vocación
sea
más
que
una
obligación.
Si
soy
bombero,
apagaré
todo
tipo
de
incendios
aún
si
son
divergencias
entre
la
humanidad.
Si
soy
carpintero,
trabajaré
la
madera
al
gusto
de
la
gente.
Si
soy
jardinero,
sembraré
las
flores
más
hermosas
y
llenaré
de
jardines
el
mundo.
Si
soy
médico,
atenderé
a
mis
pacientes
con
dedicación
para
calmar
su
dolor
y
curar
su
enfermedad.
Si
soy
abogado,
defenderé
con
pundonor
la
justicia.
Si
soy
escritor,
dejaré
que
mi
pluma
se
deslice
en
armonía
con
el
viento.
Si
soy
maestro,
seguiré
las
enseñanzas
de
nuestro
buen
Jesús.
Si
soy
empresario,
dejaré
que
las
decisiones
éticas
siempre
me
acompañen.
Si
soy
un
gobernante,
dejaré
que
la
ciencia,
la
razón,
y el
corazón
estén
de
mi
lado.
Si
soy
sacerdote,
seré
el
mejor
pastor
de
ovejas
del
rebaño
del
Señor.
Si
soy
padre
de
familia,
quiero
seguir
su
ejemplo.
Si
puedo
ser
una
buena
persona
y
tener
todo
esto,
entonces
quiero
nacer
y
estar
con
ustedes
muy
pronto.
Autor:
María
Del
Pilar
Márquez
Perú-Ancash-Chiquián


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